Qué difícil es cambiar un protocolo…

Este último viernes, acudimos Ana y yo,con el aforo completo, a la inauguración del Curso de la Real Academia de Bellas Artes de Murcia.
El solemne acto, hasta con amago del himno nacional, estuvo contenido y con los tiempos de los oradores -que manda el protocolo- perfectamente ajustados.
Alfonso Albacete Carreira pronunció un excelente discurso.
Cuando Alfonso cumplió 9 años, era 1.959, se inició ya con la disciplina de la pintura y el dibujo, en la casa estudio de Juan Bonafé, para educar las innegables cualidades del zagal que ya prometía; y su madre, con buen criterio, contrató al inmejorable pintor nacido en Lima y de padre murciano.
El final de los años 50 no era de bonanza ni para los obreros ni para los pintores españoles. Había que ir a Francia o Alemania para subsistir.
Se vendía muy poca pintura. La madre de Alfonso ayudaba de forma elegante a Bonafé con la mensualidad de las clases de pintura que tan bien aprovechaba su hijo.

Con ya 3/4 de vida a cuestas, Alfonso se ha ganado a pulso su título de Académico de La de San Fernando.
Vino esta vez a Murcia para inaugurar el Curso de la Academia de Bellas Artes de Nuestra Señora de la Arrixaca. Me consta que iba a traer una buena colección de diapositivas para complementar su interesante conferencia sobre el concepto mágico del paso de las formas tridimensionales
y de la luz al lienzo.
No pudimos disfrutar de las imágenes, pues la distribución de los académicos impedía la proyección.
La obra lúcida, amplia, bella, inteligente e interesante de este arquitecto pintor, puede verse en la sala de exposiciones del Convento de Las Claras. Y basta con echarle un vistazo en Google para tener alguna idea de su talento.
Pienso, estimado lector, que cuando se inició la conferencia habría bastado con pasar a los académicos a la primera fila de butacas, si previamente se hubiera reservado para tal acontecimiento.
Esto del protocolo tiene su aquel. Si hubiera forma de flexibilizarlo seguramente la princesa de Asturias podría llevar los ojos pelín mas despejados, si la visera de la gorra y el protocolo no fueran tan exigentes.
